Clube Uruguaio do Rio de Janeiro

La Madre Josefina y el niño Jesús
(
dezembro/2001 Boletim nº 93)

    Al convento del Bequeló, a orillas del arroyo del mismo nombre, en el año de Nuestro Señor de 1698 llega un día, huyendo de la viruela que diezma su pueblo, una muchacha india de hermoso rostro, la cual es adoptada con el nombre de María. Sor Josefina se llama la superiora, mujer enorme y hosca que se encariña con la novicia al punto de volverla objeto de envidia. Fuera por eso, fuera por la dulzura de su canto, o por lo luminoso de su rostro de cobre o por sus ojos de noche cerrada, o tal vez por el celo con que la superiora la cuida, María vive aislada, encerrada dentro del encierro, enclaustrada dentro del claustro, sin salir más que a recoger las hortalizas que cultiva en el huerto o concurrir a la misa.
   Pero al cabo de un año, María cae enferma y el mismo párroco, llamado por Sor Josefina, viene a verla para darle la comunión en su propio camastro. María entonces cuenta, para gran alboroto del convento, que el arcángel Gabriel ha llegado a visitarla en un sueño y le ha dicho: bendita seas entre todas las mujeres, y bendito sea el fruto de tu vientre, Jesús. María ha concebido y dice y grita en paroxismo de religioso ardor que lleva al hijo de Dios en su vientre. Sor Josefina, asustada pero al mismo tiempo llena de pasión, acude en su ayuda. Ningún hombre, dice, siquiera un indio viejo, ha cruzado jamás las puertas del convento. Feroces mastines cuidan sus muros, grandes candados sus entradas. Hasta las propias hermanas, al principio ácidas al señalar que María simulaba la Divina Concepción, han tenido que confirmar el milagro cuando mes a mes su barriga crece. María tendrá un hijo, y éste vendrá a salvar el mundo. El párroco tiembla.
   ¿Será posible que Cristo elija ese humilde convento, olvidado en un rincón del mundo, para regresar entre los mortales? La misma pregunta le da la respuesta. ¿ Quién sino Dios recordaría un lugar que los hombres han olvidado? Escribe al Diácono, que le escribe a Obispo, que le dice al Virrey, y el Virrey a su corte, y entonces vienen al pobre convento, nobles y embajadores, y ricos mercaderes y pobres hidalgos, y quienes han sido abandonados por la fortuna y quienes no quieren que la fortuna los abandone, y colman a María de presentes y donativos y hasta los míseros indios cuya piel ha sido comida por la viruela celebran y desfilan en largas procesiones. El Virrey avisa a España. El Rey dice: “ ¿Cómo? . ¿Cristo va a nacer y no es en España? ¡ Y de una india!”, gritan sus Ministros. Le responden al Virrey que averigüe, el Virrey designa a un Procurador, el Procurador entra en el convento del Bequeló justo cuando los indios asan un cordero para festejar la venida del Cordero. Zahorí, el leguleyo no habla tanto con María, ahora adornada de ricas joyas y vestida con finísimas sedas, como habla con las hermanas que aún visten sus pobres hábitos de bayeta.
¿Será posible que Dios se haya fijado en una advenediza, y todavía más, en una india? Una de las hermanas recuerda que una noche, cuando el calor le impide dormir, ha escuchado voces desde el claustro de la hermana María, y tal vez hasta un jadeo amoroso. Y es decirlo tan sólo para que la memoria se aclare y alumbre: otra la ha observado conversando con un gato negro, y una más, cuando María paseaba sola por el huerto, vio que un macho cabrío  se le ha acercado. El Procurador no demora en enviar su informe al Virrey, que lo envía al rey, que se lo da a su Ministro, que se lo entrega al Santo Oficio. Pronto llega el veredicto: María ha fornicado con el diablo, y va a ser ajusticiada con su hijo recién nacido. Se sublevan los indios, son quemados los sembradíos y sacrificados los animales, saqueadas las haciendas y destruídas las casas. Vienen los soldados y los indios son pasados por las armas. A quién no mató la viruela, la espada le quitó el alma. El párroco resuelve llevarse a María a Buenos Aires y de paso salvar su pellejo, pero María y su hijo desaparecen de pronto. Un amanecer, Sor Josefina ha encontrado su catre desnudo y la cuna vacía. Nunca más se sabe de ellos.
   Desde entonces, los indios esperan que Cristo regrese remontando el arroyo con su barca y expulse a los usurpadores de estas tierras. De nada sirvió que los verdugos dijeran que Josefina, que fuera ejecutada en lugar de María, era en realidad un hombre. Los indios igual esperaron a Cristo que, como es sabido, jamás regresó.

Henry Trujillo
uruguayo (1965)

Versión p/ el español: M. Kon Hache
Para URUGUAY EN RÍO